La raíz.

El pueblo de campos de trigo y vid en el que nací me enseño dónde está lo importante: Castilla, tierra de horizontes infinitos, de silencio y temperaturas extremas; de hombres y mujeres temperamentales.

Mis primeros recuerdos están hechos a base de los ritmos marcados por la tradición (las fiestas del pueblo, la vendimia, las matanzas, ese olor a cosecha al llegar el verano), por una tierra dividida en dos mitades enfrentadas, por el trabajo hasta la extenuación. Pero también por esa forma de entender la entrega, la palabra, la amistad, la libertad, el cambio del paisaje con cada estación, la naturaleza sutil que puebla la estepa.

Aquí me crié, en estas tierras aprendí a respirar e interpretar el mundo, a crear la brújula que me permite regresar a los míos cada vez.

Tuve que marchar para descubrir la memoria milenaria de hombres libres que tuvieron mis antepasados, también ese orgullo de haber crecido en Castilla, junto al Duero.

 

 

 
 
 
 
 

 

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